Día noventa y tanto.

Peso: baja.

Fuerzas: a tope.

Ejercicio: ahí va.

Motivo: “Te veía muy mal”.

Siempre hay una amiga discreta en tu vida. No todas iban a ser unos papagayos. Lo malo es que cuando esa amiga habla, sentencia. Me ocurrió hace poco en uno de mis regresos a Sevilla. Nada más verme se quedó impresionada por el tamaño de mis caderas y mi barriga. “Por Dior, cómo te estás quedando”. “Gracias”, contesté. Así, sin más. Empezamos a hablar de los logros con la comida y mi dieta. Y así, sin más, empezó a soltarme ese discurso que todos los gordos tememos. “Te vi muy mal la última vez”. Me quedé con los ojos así: O_O. No porque me lo dijera, algo que agradezco, sino porque esas palabras estaban saliendo de su boca y no de la de mi madre. Estaba ocurriendo que la persona que jamás me había hablado de las dimensiones de mi cuerpo, lo empezaba a hacer. “Es que estabas ya demasiado gorda. Empezaba a ser cuestión de salud y me volví preocupada”. Esta frase me marcó. ¿Hasta que punto sabemos lo que piensan los demás? ¿Tendrá más argumentos guardados en la retaguardia? Espero que no porque si es así que hable AHORA o calle para siempre.

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