El arte de la boca

“Buenos días,

Cómo estás,

Madre mía, todavía pienso en la mammada que me hiciste… Espectacular.

Me apetece verte otro día. ¿Repetimos?”

Las relaciones por Tinder son así de románticas. Sin más. Una empieza a hablar con un chico por múltiples razones de adorno (quiero encontrar a alguien para compartir mi vida, quiero conocer a gente nueva, quiero saber cómo funciona esto de ligar por el móvil…) y una única razón de instinto animal (quiero follar) y al día siguiente de haber dado el primer paso en todos lo sentidos si recibes un whatsapp de tal calibre puedes decirte: nena, soy lo más.

Al menos es lo que yo sentí cuando recibí ese piropo virtual al día siguiente de templar (o follar) con Panino. 36 años, italiano, tres años viviendo en la misma ciudad que yo, ex empresario, viajero, fotógrafo, inquieto y muy besucón. Lo conocí hace una semana por Tinder y empezamos a hablar de tonterías. ¿Qué tal? A qué te dedicas? Qué buscas por aquí? Vamos lo mismo de siempre… Preguntas sin sentido que se asemejan más a una entrevista de trabajo que a otra cosa. En un momento de la conversación, él me lanzó un pildorazo: “Oye me gustaría conocerte. ¿Por qué no cenamos o tomamos algo? Así podré mirarte a los ojos”. Ni corta ni perezosa, le contesté con sinceridad: “¿Qué te parece si nos miramos a los ojos directamente en la cama?”. Respondió con un no, lo entiendo. Pero fui aún más clara. “Está claro, que si quieres quedar directamente para follar. No me gusta perder el tiempo y si los dos estamos de acuerdo no tenemos por qué marear más la perdiz”. Intuyo que en su casa se puso a saltar porque ahí empezó una retahíla de frases que sonaban a alegría: “Joder, es la primera vez que me pasa esto”. “Jamás una chica me había hablado tan claro”. “Claro que sí, yo encantado de quedar para esto”. “Me pone muchísimo la experiencia”.

labios

Una semana después, yo estaba delante de la puerta de su piso con mi tinder kit en el bolso. Preservativos, lubricante, toallitas íntimas y ropa interior de recambio. Bajó a abrirme la puerta y enseguida me saludó con nos tomamos un vino, te apetece un ron, estás nerviosa. Contesté: “Tengo frío pero eso se arregla así”. Y lo besé. Tacatá. Fui directa en el móvil y también en el primer encuentro. No niego que estaba nerviosa, que me temblaban un poco las piernas, que el día antes de quedar me lo paso más en el baño que en otro lugar de mi casa, que siempre pienso no quiero no quiero por qué me meto en estos fregaos… Pero a la misma vez me repito a mí misma que si no salgo de mi zona de confort en la que estoy tan feliz con mis series, mis libros, mis amigos y mi dieta, no arriesgo y no disfruto de la vida, del sexo y, por supuesto, de recibir mensajes-piropos en el que alaban (la vida te da sorpresas) mis mamadas.

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5 comentarios en “El arte de la boca

  1. Bridget campera

    Me encanta, me encanta tu “tinder kit”, tu valentía(me recuerda a mi breve temporaita de golfilla,mas light me temo,jajaja), me encanta el wasap post mamada, me encantas tú!!

  2. Pingback: Viajes de Tinder – Centímetros Saturados

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