Esclava de mi boca

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Mi báscula marca cuatro kilos menos. Hace cuatro semanas que mi boca no manda en mi cuerpo. Estoy cansada de seguir sus instintos y sus caprichos. Me he dicho basta, ya vale de seguir por ese camino de descontrol y sin deriva. Entre manos tengo una dieta nueva alejada de los productos de serie, de la alimentación random, de los endrocrinos más interesados en tu dinero que en tu bienestar corporal. Me he hecho con un nuevo compañero de la alimentación que me ayuda a bajar de peso pero que sobre todo me enseña a comer bien.

Llevo toda la vida dieta. Creo que la primera la hice con once años. Yo estaba emperrada en ponerme a dieta a pesar de que mi madre insistía en que no. “Yo sé lo que tú debes comer, no tienes que ir a ningún sitio”. Después de salir una frase así de una madre andaluza no te quedan más cojones que callar, pero no es mi caso. Insistí e insistí como buena testaruda hasta que me llevó al primer endocrino. “Te sobra mucho peso, tienes que bajar al menos 20 kilos”. La doctora me recetó una dieta basada en caldo desgrasado. En eso consistía mi nueva alimentación. Mínimo dos vasos de caldo antes de cada comida y después lo que tocaba: pescado, carne, verduras… Obviamente, me cansé. Acabé con tanto asco a cualquier tipo de sopa que aún hoy me cuesta tomarla.

Después de esa vinieron otras más: de proteínas, sólo de verduras y fruta, la del naturhouse, otra para entrar en cetosis… Madre mía. Cuánto intento y cuánta frustración. Más que nada cuánta tontería. Desde luego, todos los gordos caemos en las mismas mentiras de las dietas milagros. A todos nos cuesta empezar pero una vez que lo hacemos siempre pensamos: ésta será la última vez. Entonces, caemos en el día previo del apocalipsis alimenticio, en las primeras semanas de pérdida de peso a tope y en la ralentización de la báscula.

Estoy cansada de esta situación. Realmente, estoy hasta la giga. Así que me he propuesto de una vez por todas acabar con esto y llegar a un peso que me permita estar bien conmigo misma y que me aporte salud. Para conseguirlo me he armado de valor y esfuerzo, pero también he acudido a un nutricionista, un profesional que no busca que pierdas peso rápido sino que me quiere enseñar a comer, que me insiste en hacer ejercicio físico y que no es partidario de suprimir alimentos sino de combinarlos. En el papel que cuelga de mi nevera hay desde nueces hasta lentejas y también lo típico: verduras, fruta, pollo y pescado. Llevo un mes y he bajado cuatro kilos y voy a seguir con fuerzas porque señores, a mis 35 años, quiero dejar de sentirme esclava de mi boca.

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2 comentarios en “Esclava de mi boca

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