Insatisfecha perenne

Sinceridad1

 

La sinceridad está sobrevalorada. Es algo que digo a diario y que mantengo. Aprendí esta máxima con la madurez. Recuerdo que de pequeña mi madre siempre me decía: “Tienes que pensar antes de hablar”. Yo soltaba las cosas sin pensarlas y, claro, la liaba parda. En el colegio, con la familia, con mis amigas… Sufrí más de una situación de tierratrágame después de pronunciar alguna frase fuera de contexto o con demasiada claridad. El consejo de mi madre lo aplico todavía hoy y lo adapto a mi parecer con esa sobrevaloración de la sinceridad. Por eso, huyo de la gente que dice todo porque sí y me aplico el cuento de pensar y después hablar.

Últimamente a la gente le ha dado por decirme lo que piensa. Yo no lo pido pero ellos lo hacen. Anoche, sin más, uno de mis mejores amigos al que amo por encima de muchas cosas y personas me soltó una cualidad sobre mí de la que no me había percatado: “Eres una insatisfecha perenne”. Me quedé a cuadros y con las patitas colgando. Su respuesta venía como consecuencia de una situación que yo le expuse. Lo hice con un toque de humor pero entiendo que él no lo cogió así. La menda se quejaba de su soledad, de las ganas de tener love, niños, clases de yoga los viernes… En fin, lo que supone que debe tener una mujer a los 36 años y no lo que yo tengo ahora mismo: una duda existencial de si instalarme de nuevo la aplicación de Tinder o la de Meetic. Él no lo cogió como yo lo planteaba, pero me dio una visión de mí bastante sincera. ¿Me quejo siempre de todo? ¿No le pongo solución a las cosas?

Creo que quien intenta algo pero no lo consigue no se puede decir que no haga las cosas. Simplemente no obtiene el resultado deseado. Es mi caso. No quiere decir que sea una “insatisfecha perenne”, más bien, a mi parecer, soy una inconformista. Siempre estoy alerta para conseguir la máxima felicidad. No es fácil. Ojalá lo fuese como hacer una infusión en el microondas pero la realidad es que las prioridades y necesidades para alcanzarla cambian con el transcurso de los años. Lo que me preocupaba a los 16 (¿me preocupaba algo?) ahora me lo paso por la giga, y lo que me ronda hoy la cabeza ni asomaba en la adolescencia. La vida es así… Un mar de dudas que te hacen más valiente cada día.

Otro capítulo de sinceridad. A Amante 1 le ha dado por decirme que estoy decaída. El joio se ve que ya me va conociendo. Hace casi un año que dejó la ciudad donde vivía, la misma donde lo hago yo, pero desde entonces seguimos manteniendo el contacto. Es algo raro, eso de hablar como si fuese tu amigo con alguien con el que sólo te has acostado, pero ahí andamos. Pues me empuja y me empuja e insiste en que me baje de nuevo Tinder, que no puedo seguir así. ¡¡¡¡Señor de mi vida!!!! ¿Quién dará licencia a las lenguas para decir todo lo que le viene en ganas? Cuando llego a este punto, confieso que me gustaría hacerme invisible, que nadie cuestionara mi forma de pensar, mis querencias, mis deseos, mis infelicidades, mi vagueza, mi inseguridad, mis complejos, mis lloros, mis alegrías… Nada. Porque señores, ser sinceros no debería ser una gran cualidad sino algo usado en función de las necesidades del otro y de tu capacidad de empatía. Al menos, lo entiendo así.

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