Viajes de Tinder

Barcelona. Viaje Tinder

La semana pasada hice una cosa muy loca. Me pillé un avión para echar un polvo. Así. Directamente. Sin pensarlo. Bueno, miento. Lo tenía pensado desde hacía unas semanas. Amante 1 me lo propuso hace tiempo. Entonces no lo dudé, después lo dudé mucho y ahora estoy convencida que de locuras así se alimenta la vida.

Tengo una relación rara con Amante 1. Hace ya muchos años que lo conozco, tantos que es de la era Meetic y del Messenger. ¿Hola? Es verdad que soy muy mala para las fechas pero no consigo poner en pie cuándo empecé a hablar con él. Sé que por entonces empezaba a sonar Meetic y aproveché que lanzaba una promoción para inscribirme gratis durante un mes. Fue mi bautismo de buceo de flirteo virtual y allá que me topé con Amante 1. Él estaba en una época bastante loca y yo en una época bastante escondida. Nunca nos llegamos a conocer. Tiempo después de hablar y no hablar, llevamos un par de años quedando para follar. Sin compromiso, sin ataduras, sin medias verdades y sin vergüenza alguna.

En este transcurso de tiempo, y gracias a la seguridad que me ha aportado esta relación en mi relación con mi cuerpo de gorda, he aprendido muchas cosas, pero me guardo una: vive el momento. Hace unos años no lo habría podido decir. Los pensamientos de verás cuándo me vea en la cama, verás cuándo se dé cuenta de mi barriga o verás cuándo vea mis estrías acaparaban mi mente y la arremolinaban de tal forma que era incapaz de quedar con un chico. Ahora también me cuesta, pero debo decir que me pasa menos. En este transcurso de tiempo, he conocido a un amante de los murciélagos, a un panino impactado por las mamadas y otros más. Es verdad que a veces entro en periodos de reflexión y me alejo de todo esto, pero al final siempre vuelvo. Sólo lo hago por una razón: me da vidilla y, además, sacio mi sed de sentir otro cuerpo junto al mío. Humano y animal, ¿verdad?

Por esas ganas de pasarlo bien, me planté la semana pasada en Barcelona. Ni corta ni perezosa abandoné mi isla para entregarme al placer en una habitación de hotel. No tuve más compañía que la de Amante 1. Pasé el día sola, con mi música, paseando y disfrutando de cada momento hasta que me avisó de su llegada. “¿Bajas?”. Salí de la habitación, bajé a la puerta del hotel y lo acompañé hasta arriba. El descaro y el deseo sexual se apoderó de los dos nada más cruzar la puerta de la 505. Así estuvimos unas horas, entregados a los besos, los flujos internos y las ganas de probar cosas y sensaciones nuevas.

Todo acabó cuando la noche cruzaba las doce. Soy de pocas palabras que exigen o piden. No pedí que se quedara a dormir y, por supuesto, no me arrepiento. Hubiese sido una farsa. No tenemos una relación, si es que se puede llamar así, normal. A estas alturas de la vida, a mis 36 años, lo que menos hago es engañarme y con Amante 1 me digo siempre la verdad. Si somos amantes y nuestra relación se basa en el sexo, actúo como tal con lo cual dormir con él sería dar un paso más que sólo alimentaría mi corazón y no mi deseo sexual. Mejor así: sin dobles capas, sin malentendidos, con generosidad y el mundo sexual, ya sea en Barcelona o en Honolulú, a mis pies.

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3 comentarios en “Viajes de Tinder

  1. Pingback: Saber decir adiós – Centímetros Saturados

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