Así superé (sin morir ante una barra de pesas) mi segunda clase de body pump

Body-Pump

Mi primera clase de body pump la hice hace ocho años. Entonces vivía sola en Sevilla, trabajaba en un programa de televisión y pesaba veinte kilos más que ahora. Era la reportera ‘gordita’ de la tele, o al menos así fue como me describió la esteticista de una amiga mientras le daba tirones para eliminar los pelos de sus piernas. Yo no era consciente de mis dimensiones de ballenato pero aún así me afanaba cada día por limpiar mi conciencia de grasas en el gimnasio del barrio. A los JLO from the block. Al poco de empezar, hice una clase de body pump con un amigo. Sólo recuerdo muchas sentadillas, levantamiento de pesas al aire y sudores continuos. El esfuerzo provocó que estuviese dos días en la cama con ibuprofeno con unas agujetas tan dolorosas como un parto sin epidural.

La mujer de mi primo, profesora de Educación Física, emitió su veredicto: “Tú no tienes forma física para hacer body pump”. Sin pelos en la lengua. Pa qué. No hizo falta ponerle ningún pero a su diagnóstico ni gritar nada para llevarle la contraria. Llevaba más razón que Lavangelio. No podía moverme de la cama, ¿acaso necesitaba alguna prueba más? Tardé dos días en recuperarme de las malditas agujetas y ocho años en atreverme a meterme en una clase de tortura similar.

Mi guerra contra las calorías no tiene fin. Veinte kilos menos, dos años de gimnasio con cierta rutina de soldado gorda, mucho verdura en mi lista de la compra y fuerza de voluntad sin techo. Todo eso me ha costado adentrarme de nuevo en body pump. No lo hice sola porque me daba miedo y me producía estrés la cantidad de artefactos que necesitas para moverte al ritmo de la música. Durante estos dos años, he visto como las chicas y señoras -sí mujeres que pasan los 50 a los que sólo puedo gritar ole tu toto- que lo hacen montan un chiringuito de steps y pesas que no supera el tenderete de un gitano en la playa. Ante esta montaña de preparativos capturé a mi amado Amigo para que fuese mi guía terrenal en este camino de penitencia por el músculo.

“Vete antes, pilla sitio para los dos y cuando llegue te digo todo”. Una es muy obediente desde chiquetita así que hice todo lo que mi Amigo me dijo. Sitios al final de la sala, esterillas sobre dos bloques de steps, dos barras con pesas diferentes y algunas sueltas para trabajar unos músculos del brazo. Una vez preparado todo, empezó la coreografía. Sentadillas, ejercicios de piernas con pesas, levantamiento de la barra con peso tendida sobre la esterilla, flexiones, abdominales y vuelta a empezar. Todo con musicón de entrenamiento voyamorirencualquiermomento, el sudor cayendo gota a gota y la voz del monitor retumbando en el oído cual mosca cojonera: “¡Vamos! ¡Más ritmo! ¡No pares! ¡Aprieta el abdomen! ¡Tu cuerpo es un bloque!”. Uf, uf.

Después de 55 minutos de darlo todo, de respirar como un cochino, de ver como mi Amigo lo hacía mejor que el profesor, de sentir su mirada inquisidora de “gorda lo estás haciendo fatal” y, sobre todo, sufrir con cada músculo de mi peso en grasa, acabé. “Mañana tendrás agujetas, pero pasado mañana alucinarás”. Me lo dijo mi guía y, como siempre, estaba en lo cierto. Días después puedo decir que superé la clase y los dolores de ese mañana. A Dios pongo por testigo que incluiré el body pump en mi rutina matinal de gimnasio. No se me va a resistir… Soy gorda pero cabezona también. A fuerza de voluntad no me gana (casi) nadie.

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