20 horas sin WhatsApp

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Paso el día pendiente del móvil. Pi, pi. Nuevo mensaje de WhatsApp. Lo leo. Contesto. Pi, pi. Otra alerta. Ahora es un grupo. Vuelvo a leer, vuelvo a contestar. Sin saber cómo, esta app, que entró en mi vida hace ya seis años, se ha vuelto mi amiga más fiel. No me protesta, no chilla, me comunica con todos y está siempre ON. Pese a todo, no la soporto. Tanto la odio que el otro día la borré del móvil y viví las 20 horas más tranquilas y surrealistas de mi life. Señores, la tecnología nos ha creado nuevas necesidades sin darnos cuenta.

Mi amada hermana empezaba a salir con un chico. El desgraciadohijoputa vivía (se nota que se portó fatal con ella, ¿no?) en Londres. Fue el primero en hablar de WhatsApp. “Noli, éste me ha dicho de una app para el iPhone por la que se puede hablar sin pagar. Tía, se envían mensajes al momento y es fácil de usarla”. Me la bajé. En ese momento, sólo podía hablar con mi hermana y con una amiga. Las dos únicas que la tenían instaladas. Cinco años después, toda mi agenda está entre mis contactos de WhatsApp.

Tanto se ha metido en nuestras vidas que entre el ligoteo on line supone un paso previo al quedar face to face. Es un escalón más de las relaciones amorosas-folleteo. Primero está el chat de Tinder, Meetic o el que sea, y después, el de WhatsApp. Más tarde, aparece la cama. Pero antes no. Cosas de la tecnología. El personal se calienta vía pantalla del móvil y al final queda el revolcón.

Entre tanto uso, que si el grupo de Los Reyes, los chats de los amantes que no cesan, el grupo de amigas del colegio, el de la comunidad de vecinos (sí, habéis leído bien), el del Corral, el de las Bridgets, el de las Antonias, los mensajes de los compañeros de trabajo, las peleas con los amigos, los buenas noches de tu madre y las fotos de las madres; acabé loca. Tanto, que pulsé delete sin un mínimo temor. Locura máxima tete. Viviendo al límite sin ser Josef Ajram. Pum. Y tan feliz, oiga. Tanto que me pasé casi un día sin apenas mirar el móvil. Sin esperar nada.

En esas pocas horas, recibí llamadas de por qué no estaba en WhatsApp, preocupados por si me habían robado el móvil, asustados por cómo me había largado de todos los grupos “sin avisar, nena”… Incluso me tuve que justificar ante mi madre por mi acción y le tuve que prometer que sería un parón de 24 horas. “Mamá, mañana por la tarde lo vuelto a tener”. Se quedó tranquila. Ilusa de mí. A las 20 horas de explicarle eso recibí una llamada. Era ella. “Niña, ¿tú cuándo te vas a poner eso? Le he comprado dos camisetas a tu padre y ahora no sé dónde enviarte las fotos. Venga, déjate ya de tonterías”. Acabó la magia del silencio electrónico. Zasca. Nada como una madre para ponerte los dedos en el teclado y pulsar one more time la tecla enviar.

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