¿Instagram es el nuevo Tinder?

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Llevo días para escribir este post. Me quedé tan choqueada después de tener la experiencia que he necesitado un par de semanas para digerirla. Mira que soy de digestión exquisita -pocas veces necesito un almax- pero para esto me habría hecho falta una caja entera.

Pasó hace un par de semanas. Un lunes más en el calendario, un día más en el que subía una foto a Instagram. Antes usaba más Facebook pero desde hace un tiempo Instagram se ha instalado en mi top one de app favoritas. Me entretiene, me gusta y, además, te da la opción de unos filtros maravillosos que te suben el ego hasta el más allá. Pa qué vamos a negarlo. Sinceridad máxima, tete. Ese día decidí subir una foto en bikini para lucir mi cuerpo serrano y más tarde me escribieron dos chicos por mensaje privado. Empecé a hablar con los dos. Muy majos al principio, uno de ellos muy loco al final.

Nada más empezar a intercambiar mensajes me lanzó un par de piropos. Ole. Seguimos hablando y la conversación derivó en “me gustaría conocerte más a fondo”. Cuando se llega a esto, a una, que ya ha recorrido algún camino en Tinder y lo que no es Tinder, se le pone la señal de alarma en la frente y no la abandona. Ni corta ni perezosa respondí: “Cuando quieras nos vemos. Puedes cruzar el charco y podemos quedar”. Vivía en la isla de al lado, así que tampoco costaba tanto, pero se ve que no tenía esa idea. Antes de liarse como un ovillo, intercambiamos los teléfonos. Mal hecho. El tío empezó a escribirme cerdadas sin venir a cuento, me pedía que le siguiera el rollo… De un momento a otro, me vi con varios guasaps locos. Por supuesto, dejé de responder. A la hora tenía otros mensajes más que acababan con: “¿Tú me estás vacilando?”. Mu loquer me quedé. Definitivamente debía cortar eso. “Lo siento pero no busco lo que tú buscas. No te estoy vacilando es que simplemente no estoy pendiente del móvil a todas horas. Espero que tengas un buen día. Mejor no hablamos más. Adiós”. Escribí eso, pulsé la tecla enviar y automáticamente lo bloqueé.

Sin embargo, aquí no acabó la historia. Empezó a llamarme y lo bloqueé también del teléfono. Empezó a llamarme con número desconocidos. Tan pardo será que se creería que no me daría cuenta del triste truco. A los dos día desistió. Eso sí, antes se encargó de enviarme un SMS. Dioooooooooooooooooooos. A insistente y obsesivo no le gana nadie. “Sólo quería conocerte”, decía en alguna parte del mensaje. Algunos chicos (y supongo que también chicas) no saben cómo conocer a alguien. Desde luego, estas tácticas no sirven, sólo ahuyentan.

 

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