La eterna comparación

Desde pequeña he aprendido a ponerme un escudo ante muchas frases impertinentes. Algunas me llegaban a sabiendas de que llegarían. El contexto, la situación en la que estabas, la gente que en ese momento te rodeaba… Cualquier pista me ponía en alerta de esperar la bomba a cara descubierta. “La gorda es la pequeña”. “La otra es más delgada, ésta es más grande”. Otros mazazos los recibía de imprevisto. Son los que hoy aún duelen.

Un mediodía más estaba en mi casa cuando llegaron la madre y la tita de mi casero y amigo. Ambas son dos mujeres valientes, divertidas, risueñas y muy sabias. Las dos han pasado por momentos duros en sus vidas. Llevan a sus espaldas una separación y un trabajo duro que las salvó de tener que clamar ayuda.

Todo empezó de modo normal, como casi siempre ha pasado. “Estás muy guapa, ¿sigues con la dieta?”. Esa manía dichosa de estar guapa si has perdido algún kilo. “No, ahora mismo no, pero me cuido lo que puedo”. En esa época, la báscula marcaba mi P.M.A. (Peso Máximo Autorizado) y yo seguía como siempre: disimulando no estar rota por dentro. Siempre he sido una chica risueña ante los demás con una mente con tendencia a boicotearme. El mayor maltrato lo ejercía yo. “Nadie te va a querer si sigues así de gorda”. “Vaya barriga más grande tienes”. “Es imposible que ligues con cualquier chico”. Frases así aporreaban mi autoestima a diario. Sin embargo, ese día no esperaba que el golpe viniese del exterior. Sin esperarlo, me vi capeando la eterna comparación, pero esta vez no era con mi (linda) hermana sino con toda mi familia. “¿A quién te pareces tú así con este cuerpo? Toda tu familia es normal, ¿no? Tus padres y tu hermana son delgados. ¿A quién sales?”. No reaccioné. No supe qué decir. Sólo sentí como los ojos se me llenaban de lágrimas mientras me repetía a mí misma: no llores, no llores, no seas débil, contesta, no llores, no seas tonta, siempre estás llorando, no lo hagas otra vez…

No las pude controlar. Ni entonces ni ahora que escribo esto. No supe qué contestar. Ansiaba que ese sofá rojo, sostén de mi tranquilidad, me engullera mientras lloraba como una niña pequeña. La tita, que entonces le tenía mucho cariño y hoy se lo sigo teniendo por muchas otras razones, se quedó con la boca abierta. Supongo que no se esperaba mi reacción. Yo tampoco. Años después y con algún objetivo logrado, aún me vienen a la mente latigazos de esa tarde y me duelen. Hieren la imagen de mi cuerpo y hacen que ante el espejo me siga viendo enorme, una Hulk, aunque la báscula marque lo contrario.

 

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