Día 8.

Peso: compré la báscula y fue una tragedia. Se diferencia con la otra en tres kilos. Empezamos de 0 con otra cifra: XXX.

Fuerzas: flaquean. Creo que el chocolate me llama por mi nombre.

Ejercicio: no lo abandono.

Motivo: “Chiquilla, ¡no comas más!”.

Yo me crié con mi abuela. ¡La quise y la quiero tanto! Cuando cumplí los 18 años, le prohibí que me dijera esa frase. “Chiquilla, ¡no comas más que te vas a poner muy gorda!“. La repetía una y otra vez como un taladrador. Inconscientemente y sin maldad ninguna, me lo decía a escondidas de mi madre pensando en que me hacía un bien. Yo, a decir la verdad, la mitad de las veces ni la escuchaba. Era como un disco rallado. Me sentaba en la mesa y no había un mañana. Devoraba cualquier plato de comida. Todos, excepto los garbanzos (regla que aún mantengo). Ese verano de los 18 decidí ir a ver a mis primos de Barcelona y ella dijo que venía conmigo. “La niña no va sola. Yo voy con ella”. Con 84 años se montó en un tren y nos hicimos casi doce horas de camino a la ida y a la vuelta. Yo acepté que viniese pero sólo le puse una condición. “Abuela no me digas delante de los primos esa frase de ¡no comas más que te vas a poner muy gorda!”. Lo cumplió. Estuvimos más de un mes en Sabadell y la pobre no me dijo nada. Yo notaba que su mirada se estresaba cada vez que mi tía ponía la mesa para almorzar pero de su boca no salía ni un suspiro. Sin embargo, en la mía entraba de todo menos el aire. Consecuencia: engordé sin control.