El empotrador cariñoso

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Hace tiempo que lo buscaba y no daba con él. Meses de Tinder Life, incluso meses de Tinder Life abandonada, y no lo encontraba. En esta moda de ligar con sólo recibir un match y un rato de conversación vía móvil, se estaba perdiendo el arte de amar y empotrar.

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Dolor en el alma

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Me duele el alma. Llevo sintiéndolo desde el martes, amado y odiado Día de San Valentín. Una semana antes, accedí a acostarme de nuevo con Amante 1. Quedamos en una cosa e hizo otra. Como no tenemos compromiso ni reproches en nuestra relación, no le dije nada entonces. Me lo guardé para la próxima vez porque a una no le gusta la venganza pero si se lo ponen a huevo no desaprovecho la oportunidad de un buen zasca. Lo hice, cómo no hacerlo, y ahora me duele el alma.

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Tinder life

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Empecé este blog vomitando penurias de gorda. Bueno penurias, descubrimientos y risas. Sí. En aquel momento estaba en un rincón de la blogosfera y también de mi vida. Salía mucho, incluso más que ahora, pero me dejaba ver poco a la hora de ligar. Me podía pasar la noche bailando en la pista de un bar pero si me acercaba un chico sólo pensaba: “¿Qué haces hablando con una gorda?”. Yo era mi principal maltratadora. No me quería y obviamente poco me iban a querer los demás. Después de años de intentar seducirme a mí misma, hoy puedo decir que he logrado pisar los primeros peldaños de la autoestima personal. Me miro al espejo y no aparece sentimiento de rechazo sino al revés, me quiero, y me digo a mí misma: ole tu toto por tener esas curvas de infarto. He conseguido vestirme como me sale del moño, sin miedos al qué dirán o qué pensarán. Mi cuerpo es mío y lo pienso disfrutar. Y punto. Debido a este cambio, no me apetece hablar en este blog, de momento, del mundo gorda (odio la palabra curvy así que por favor llamemos a las cosas por su nombre). Me apetece contar lo divertido que es la Tinder vida, esa que he creado a partir de inscribirme en esta app para conocer chicos. Desde que la instalé en mi móvil, voy por la vida dando likes o diciendo no a muchachos que se asoman a mi iPhone 5c con la única intención de gustar. En este corto camino, he conseguido tener unos cuantos amantes. Hoy os voy a hablar del primero, al que debo parte de mi vida gorrina.

De Messenger a Google

Comenzamos a hablar en la Prehistoria. Entonces usábamos Messenger, es decir, la madre de WhatsApp. Conocí a Amante 1 tras inscribirme gratis durante un mes en Meetic. Esa era su oferta de lanzamiento en España y, como buena cazadora de gangas, allá que me hice con un usuario. En mis ganas por salir de mi rincón de sequía sexual después de varias experiencias amorosas dolorosas y sin frutos bonitos, intuí que ahí, delante del ordenador y sin capa de maquillaje impuesta, se abría un mundo amoroso nuevo. Entonces vivía en Sevilla y Amante 1 a varias millas de distancia de mí. Aún así hablábamos a diario. Del buenos días, qué tal pasamos a cuándo vamos a vernos o avísame si vienes por aquí. Yo iba mucho al lugar donde vivía Amante 1 pero la verdad jamás lo llamé. Me inventaba mil excusas para no verle. Que si no había venido, que si mis amigos me habían tenido haciendo mil planes, que si al final había perdido su teléfono. Todo mentira. Todo por no querer mostrarme ante él. Inseguridad. Complejos. Miedo. Lo puedo llamar de mil formas pero así estuve por lo menos tres años.

El destino a veces es caprichoso. Frase manida que tiene mucho de realidad. Por causas de la vida, al final acabé viviendo hace cuatro años en la ciudad de Amante 1. Nada más llegar lo avisé y quedamos. Un día antes de la cita, la cancelé. “No puedo ir. Me ha surgido un problema y es imposible”. “No pasa nada. ¿Quedamos la semana próxima?”, me dijo. Yo accedí, consciente de que tampoco iba a acudir. Estuvimos toda la semana hablando, quedamos cuál sería el hotel, incluso me llegó a enviar la reserva. Cuatro horas antes del aquí estoy, volví a decirle no puedo. Sin embargo, esta vez la sinceridad me salió de lleno. “Me da miedo. Tengo inseguridad. Olvídate de mí. Mejor que no hablemos más”. Él lo entendió. Me dijo que no pasaba nada y ahí lo dejamos. Borré su número de teléfono.

A los dos años, empujada por un buen amigo empecé a bucear en esto de las app amorosas. Ya no sólo era Meetic. También estaban Badoo, Tinder, eDarling y mil más que se me escapan. Aburrida en mi casa, un sábado por la noche, allá que me puse en el ordenador y allá que me acordé de él (en realidad nunca lo había olvidado), metí su nombre en Google y tachán… apareció. Bingooooo. Recuperé su teléfono que había borrado de mis contactos y, nerviosa, le escribí: “Hola, ¿te acuerdas de mí? Soy yo, la que te dejó tirada en dos ocasiones”. Un cuarto de hora después, respondió.

To be continued…