Día 1. Again

Peso: comienzo de nuevo. XXX.

Fuerzas: apagadas por factores externos no por la dieta.

Ejercicio: saldré a andar una hora (eso espero).

Motivo: Sí. Tengo su talla. O_O

Vestidos de Dorothy Perkins.
Vestidos de Dorothy Perkins.

Todavía recuerdo cuando recibí esa respuesta por primera vez. Tenía esa edad en la que quieres ponerte el ropaje de tus amigas y no te entra ni por la muñeca. 17 años. Sí, tal vez, andaba por ahí. Se aproximaban las navidades. Hasta la adolescencia no me importó mucho esta época. No fui una niña encandilada por las luces de las calles ni por los reyes magos o la manida ilusión navideña. Realmente, me daban exactamente igual. Las navidades eran sinónimo de pueblo y mantecados. Nada más. Bueno, también tenían que ver con el cumpleaños de mi abuela y la recogida de aceitunas pero de eso ya hablaré en otro momento. Sin embargo, con la entrada de la adolescencia todo cambió. Llegaba el momento temido de la Nochevieja. Sí, de lucir palmito entre lentejuelas, brillos y demás horteridades. El momento busca un vestido que te quede bien, te haga sexy y no te apriete los michelines siempre era temible. A esa edad solía ir con mi madre y sus miradas en el probador eran matadoras. “Eso no te queda bien”. “Se te nota todo”. “¡Qué corto!”. “Se ve mucha pechuga”. Ains. Mi objetivo siempre era el mismo: encontrar un cielo de tallas XL acordes con mis gustos. ¿Tan difícil era alcanzarlo? Pues no. Lo encontré pronto. Ese día nos acompañaba mi hermana y entramos en una tienda nueva. Como siempre, dejé que mi hermana, la delgada de casa, entreabriera las perchas y sacara su vestido para probar. “Nena, hay cosas de tu tallaaaaaaaaaaaaaaaa”. “What????”. Sí, las había y, por supuesto, no eran prendas con estampados horteros, con anchuras imposibles y colores tristes. Noooooooooooooo. Adiós al negro y al gris para disimular michelos. Esta vez la moda se imponía en la talla XL y era gracias a una firma inglesa: DOROTHY PERKINS. (Lo pongo en mayúsculas porque me dio y me ha dado tantas dosis de felicidad…). En fin, me sentí como Julia Roberts en ese probador de Pretty Woman. No tenía a Richard Gere pero mi madre y  mi hermana hicieron de perfectas dependientas mimosas. “Pruébate esto, y esto otro, y esto otro, y esto otro, y esto otro”. ¡Cuánta felicidad! Sin embargo, creo que por su culpa a día de hoy no he conseguido bajar ni un gramo. Total, los pantalones nunca me aprietan y siempre consigo un modelito acorde a mi cuerpo. Ains, las tallas europeas que feliz nos hacéis a las españolitas de duras carnes…

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Día 0 (II).

Peso: todo sigue en stand by.

Fuerzas: ein???

Ejercicio: el de mi sofá.

Motivo: “No pases mucho tiempo sentada que te crecerá la barriga”.

Siempre hubo verdades para todo. O al menos eso cree quien me trajo al mundo. Mi madre, famosa ya en este blog, tiene otra gran frase: “No pases mucho tiempo sentada que te crecerá la barriga”. La explico ahora. Desde que terminé mi carrera, he tenido un trabajo sedentario. Sí, de esos que influyen en tu sobrepeso. Sí, de esos que putean tu salud. Sí, de esos que todo nutricionista se empeña en criticar. “Debes hacer una hora de ejercicio al día para combatir el estar todo el día sentada”. “Tal vez, podrías levantarte cada hora y andar unos minutos por la redacción”. “Al final, eso pasa factura y tus piernas se cargan  de varices”. ¿Pues no habíamos quedado en que las varices venían por estar siempre de pie? ¡¡¡No entiendo nada!!! Miles de consejos y algunos contradictorios. Así es la life. Pues eso, mi madre también aportaba su granito de arena. Siempre el mismo consejo al irme a trabajar después de escuchar los del nutricionista: “Niña, no pases mucho tiempo sentada”. “Mamá, trabajo sentada delante de un ordenador”. “Sí, ya lo sé pero te crecerá más la barriga”. En esos momentos, yo siempre pensaba: gracias por el más. ¿Era necesario añadirlo? Ni ahora ni nunca entenderé su empeño por esta parte del cuerpo. Total, si el problema está en la boca. Si la cerrara, otro gallo cantaría pero como sólo la abro pues aquí tengo el resultado en forma de michelines. ¡¡¡¿Qué le voy a hacer?!!!

Día 7.

Peso: sigo sin saber si he perdido algo. Es la primera vez que una dieta no se concentra en el peso. Aunque debería empezar a controlarlo.

Fuerzas: después de tres días un poco down vuelvo con ganas a enfrentarme a la soledad de las frutas y las verduras.

Ejercicio: el trote llegará con la tarde.

Motivo: “Tienes la cara muy redonda. ¿Por qué?”.

Siempre dicen que los niños y los borrachos son quienes dicen la verdad. Esa frase la espetó la hija de mi prima Paqui. La pequeña, María José, se quedó un día mirándome y sin pensárselo se acercó a mí: “Mamá, la prima tiene la cara muy redonda. ¿Por qué?”. Eso me pregunto yo. Bueno, la repuesta está clara: engullo, engordo y, como consecuencia, mi cara toma dimensiones de pan de pueblo. Realmente, podría no ser así. Hay gente “grande” que disfruta por tener una cara angulosa, con pómulos salvadores o sin papada. ¡Qué suertudos son! Yo realmente no supe qué responder. ¿Cómo explicar a una niña de cinco años las consecuencias que puede traer el exceso de comida a tu vida? Sólo acerté a decir: “Yo soy así. Tu madre tiene una cara delgada y marcada por los granos, y yo la tengo redonda”. Todavía recuerdo la expresión que puso mi prima y la reprimenda que le echó su hija por comentar el físico de otra persona. “María José, es de mala educación decirle a otra persona cómo es. Lo mejor es callar y observar”. ¡Qué lista mi prima! Así debería ser la sociedad, mirar y callar. Pero no, siempre está el típico gracioso o graciosa que se pasa de listo y comenta tus dimensiones. Menos mal que la mente la tengo rápida y encuentro una respuesta adecuada para cualquier osado. Jar.