La puerta de atrás

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Una no es consciente de lo poderoso que puede ser su cuerpo hasta que no te abren la puerta de atrás. Una no es consciente del poder que puedes poseer sobre un hombre hasta que no abres la puerta de atrás. Todas y todos jugueteamos con los agujeros de delante (entiéndase vagina y boca) mientras practicamos sexo, pero no solemos hacerlo con el de atrás. Tememos que duela, que expulses líquidos o materias asquerosas, que no lo sepan hacer, que no lo sepas hacer… Pero si en Juego de Tronos se folla así, ¿por qué no hacerlo?

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Mentirosos por WhatsApp

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Una de las cosas que he aprendido en mi Tinder Life es que no es oro todo lo que reluce en WhatsApp. Amante 1 me tenía y me tiene mal acostumbrada. Siempre que me dice algo, es verdad. Pues bien. No todos son así. Los hay que venden motos y se quedan ahí, en el desguace. Al principio, inocente de mí, me lo creía todo. Cualquier chico que conocía en estas redes de amor y sexo lo daba por sincero y honesto. Falso. La primera vez que lo aprendí fue con Enfermero. Esa era su profesión y así lo grabé en mi lista de contactos. Empezó todo muy bien. Concretamente en Meetic. Me apunté durante dos meses porque quería conocer a alguien con el que entablar una relación. Y es que hay diferentes aplicaciones para cada cosa. Por ejemplo, Tinder es más a saco, más a envíame foto de tu polla y tú de tus tetas. Pero en Meetic para empezar tienes que rellenar una encuesta de mil preguntas en las que te defines y concretas lo que buscas, un paso previo que te acerca a machotes que, en principio, pueden gustarte. Pues bien, así conocí a Enfermero. Todo comenzó muy normal: hablamos de mil cosas, menos del tiempo, por suerte. Que si su trabajo, que si el mío, que si sus dos matrimonios con final truncado (oh my god), que si mis experiencias amorosas, que tú por qué te has apuntado a Meetic, que tú qué buscas, que si nos conocemos… Y así nos tiramos hablando varios días, e incluso semanas, porque por mis horarios y los suyos coincidíamos poco. La cita se dilataba. Eso provocó que la confianza por teléfono fuese en aumento. Incluso me hablaba de próximas citas, de futuros planes y me agregó a otras redes sociales más íntimas. Todo mentira.

La primera (y única) vez que quedamos fue a media tarde. Un café fue la excusa perfecta. De ahí, a cervezas. Estuvimos charlando como amigos durante varias horas. Confieso que me gustó nada más verlo. Su alegría, su simpatía, su barba… Todo me resultaba atractivo. Él trabajaba esa noche así que a la hora de la Cenicienta se fue. Dos besos y un ¿te apetece que nos veamos otra vez? “Por supuesto”, respondí. No lo dudaba. Pero se ve que él sí.

Los días posteriores a la cita fueron de esperar mensajes y poner sonrisas tontas al leerlos. De él salió eso de la próxima vez que nos veamos no quiero que haya horarios. Todo mentira. De eso pasó a no saludar por la mañana, a no decir ni mú en todo el día, a seguir conversaciones a destiempo. Intuí bien que jamás nos íbamos a ver más. Así fue y dejé de escribir un día. Él, por supuesto, no ha vuelto a dar señales de vida. Ante esto, me pregunto: ¿por qué hablas de planes futuros con una persona que no has visto? ¿por qué planteas una próxima vez si sabes que no la habrá? ¿por qué no ser sincero con la persona que tienes enfrente? Ante esto, sólo puedo aplicarme una máxima: nunca más quedaré con un tío que te habla de mil posibilidades antes de vernos en persona. Llámame desconfiada, pero sí, hay mucho mentiroso (y cobarde) suelto por el mundo virtual.

Tinder life

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Empecé este blog vomitando penurias de gorda. Bueno penurias, descubrimientos y risas. Sí. En aquel momento estaba en un rincón de la blogosfera y también de mi vida. Salía mucho, incluso más que ahora, pero me dejaba ver poco a la hora de ligar. Me podía pasar la noche bailando en la pista de un bar pero si me acercaba un chico sólo pensaba: “¿Qué haces hablando con una gorda?”. Yo era mi principal maltratadora. No me quería y obviamente poco me iban a querer los demás. Después de años de intentar seducirme a mí misma, hoy puedo decir que he logrado pisar los primeros peldaños de la autoestima personal. Me miro al espejo y no aparece sentimiento de rechazo sino al revés, me quiero, y me digo a mí misma: ole tu toto por tener esas curvas de infarto. He conseguido vestirme como me sale del moño, sin miedos al qué dirán o qué pensarán. Mi cuerpo es mío y lo pienso disfrutar. Y punto. Debido a este cambio, no me apetece hablar en este blog, de momento, del mundo gorda (odio la palabra curvy así que por favor llamemos a las cosas por su nombre). Me apetece contar lo divertido que es la Tinder vida, esa que he creado a partir de inscribirme en esta app para conocer chicos. Desde que la instalé en mi móvil, voy por la vida dando likes o diciendo no a muchachos que se asoman a mi iPhone 5c con la única intención de gustar. En este corto camino, he conseguido tener unos cuantos amantes. Hoy os voy a hablar del primero, al que debo parte de mi vida gorrina.

De Messenger a Google

Comenzamos a hablar en la Prehistoria. Entonces usábamos Messenger, es decir, la madre de WhatsApp. Conocí a Amante 1 tras inscribirme gratis durante un mes en Meetic. Esa era su oferta de lanzamiento en España y, como buena cazadora de gangas, allá que me hice con un usuario. En mis ganas por salir de mi rincón de sequía sexual después de varias experiencias amorosas dolorosas y sin frutos bonitos, intuí que ahí, delante del ordenador y sin capa de maquillaje impuesta, se abría un mundo amoroso nuevo. Entonces vivía en Sevilla y Amante 1 a varias millas de distancia de mí. Aún así hablábamos a diario. Del buenos días, qué tal pasamos a cuándo vamos a vernos o avísame si vienes por aquí. Yo iba mucho al lugar donde vivía Amante 1 pero la verdad jamás lo llamé. Me inventaba mil excusas para no verle. Que si no había venido, que si mis amigos me habían tenido haciendo mil planes, que si al final había perdido su teléfono. Todo mentira. Todo por no querer mostrarme ante él. Inseguridad. Complejos. Miedo. Lo puedo llamar de mil formas pero así estuve por lo menos tres años.

El destino a veces es caprichoso. Frase manida que tiene mucho de realidad. Por causas de la vida, al final acabé viviendo hace cuatro años en la ciudad de Amante 1. Nada más llegar lo avisé y quedamos. Un día antes de la cita, la cancelé. “No puedo ir. Me ha surgido un problema y es imposible”. “No pasa nada. ¿Quedamos la semana próxima?”, me dijo. Yo accedí, consciente de que tampoco iba a acudir. Estuvimos toda la semana hablando, quedamos cuál sería el hotel, incluso me llegó a enviar la reserva. Cuatro horas antes del aquí estoy, volví a decirle no puedo. Sin embargo, esta vez la sinceridad me salió de lleno. “Me da miedo. Tengo inseguridad. Olvídate de mí. Mejor que no hablemos más”. Él lo entendió. Me dijo que no pasaba nada y ahí lo dejamos. Borré su número de teléfono.

A los dos años, empujada por un buen amigo empecé a bucear en esto de las app amorosas. Ya no sólo era Meetic. También estaban Badoo, Tinder, eDarling y mil más que se me escapan. Aburrida en mi casa, un sábado por la noche, allá que me puse en el ordenador y allá que me acordé de él (en realidad nunca lo había olvidado), metí su nombre en Google y tachán… apareció. Bingooooo. Recuperé su teléfono que había borrado de mis contactos y, nerviosa, le escribí: “Hola, ¿te acuerdas de mí? Soy yo, la que te dejó tirada en dos ocasiones”. Un cuarto de hora después, respondió.

To be continued…