Así superé (sin morir ante una barra de pesas) mi segunda clase de body pump

Body-Pump

Mi primera clase de body pump la hice hace ocho años. Entonces vivía sola en Sevilla, trabajaba en un programa de televisión y pesaba veinte kilos más que ahora. Era la reportera ‘gordita’ de la tele, o al menos así fue como me describió la esteticista de una amiga mientras le daba tirones para eliminar los pelos de sus piernas. Yo no era consciente de mis dimensiones de ballenato pero aún así me afanaba cada día por limpiar mi conciencia de grasas en el gimnasio del barrio. A los JLO from the block. Al poco de empezar, hice una clase de body pump con un amigo. Sólo recuerdo muchas sentadillas, levantamiento de pesas al aire y sudores continuos. El esfuerzo provocó que estuviese dos días en la cama con ibuprofeno con unas agujetas tan dolorosas como un parto sin epidural.

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Fat black friday

Españoles, he vuelto a la dieta.

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Sí. Después de mis vacaciones, mi viaje precioso y maravilloso a Myanmar y mis apocalipsis days (¿qué gorda no se toma el último día previo a la dieta como el fin del mundo?), he vuelto a cerrar el pico porque señoras, no nos engañemos, cuando el culo baja de grosor una se siente más feliz, más tarima flotante. Ya conseguí hace un año y medio bajar 15 kilos de mi P.M.A. (peso máximo autorizado) y desde entonces más o menos me mantengo pero no consigo bajar de la maldita cifra en la que me estoy. Entonces lo hice por mi cuenta pero ahora, viendo que no soy capaz de ponerme un bozal a mí misma, he decidido pasarme a la dieta guiada por un doctor para comprobar si así consigo llegar a la meta propuesta. ¡Lo conseguiré!

En la visita al gordólogo-matadero me dijo una frase que me llegó al hígado graso: “Si consigues llegar a este peso estarás buenorra”. Hello, it’s me? En ese momento no respondí porque ese tipo de comentarios me parecen absurdos y quienes lo hacen son más absurdos (entiéndase gilipollas) aún. No lo entiendo. ¿Se supone que no lo estoy? Perdone usted pero desde este altavoz escondido voceo que no lo hago por estar “buenorra” sino básicamente por salud y orden mental. Sí, señores. Me gusta tener mi alimentación controlada y encontrarme en mi peso por muchas razones: me duele menos la espalda, me siento más ágil y sobre todo me encanta cuando me enfundo unos pantalones y no me aprieta toda la chicha. Eso es felicidad.

Tanta como la que proporcionan las compras on line. Ains, qué felicidad más bonita ir de compras sin moverte de la silla y ahorrarte todas esas colas interminables y el agobio de la gente por entrar al probador. Yo por eso he usado mi #blackfriday para hacer unas compras que me hacían falta. Os dejo un par de adquisiones… A ver qué os parecen.

 

 

Día noventa y tanto.

Peso: baja.

Fuerzas: a tope.

Ejercicio: ahí va.

Motivo: “Te veía muy mal”.

Siempre hay una amiga discreta en tu vida. No todas iban a ser unos papagayos. Lo malo es que cuando esa amiga habla, sentencia. Me ocurrió hace poco en uno de mis regresos a Sevilla. Nada más verme se quedó impresionada por el tamaño de mis caderas y mi barriga. “Por Dior, cómo te estás quedando”. “Gracias”, contesté. Así, sin más. Empezamos a hablar de los logros con la comida y mi dieta. Y así, sin más, empezó a soltarme ese discurso que todos los gordos tememos. “Te vi muy mal la última vez”. Me quedé con los ojos así: O_O. No porque me lo dijera, algo que agradezco, sino porque esas palabras estaban saliendo de su boca y no de la de mi madre. Estaba ocurriendo que la persona que jamás me había hablado de las dimensiones de mi cuerpo, lo empezaba a hacer. “Es que estabas ya demasiado gorda. Empezaba a ser cuestión de salud y me volví preocupada”. Esta frase me marcó. ¿Hasta que punto sabemos lo que piensan los demás? ¿Tendrá más argumentos guardados en la retaguardia? Espero que no porque si es así que hable AHORA o calle para siempre.